martes, 6 de septiembre de 2011

Tapera


Eran su casa y su cuerpo una tapera oscura de muerte y naufragio circundada.
Tras el añejo monte de espinillos yacía como muerto aquel rancho de barro. A la orilla del río, las olas se dejaban llevar, ya resignadas al destino pequeño de las horas marchitas entre las totoras, y en el grueso pajonal, una brisa caliente de verano se abría paso lentamente, zigzagueante.
A lo lejos se veía la sombra gris de un hombre que caminaba entre los viejos cardales, donde la miseria se transformaba en aliento de vino,  y el horizonte se cerraba como un espejo roto.
…y en ese espejo la figura de don Luna se recortaba, oscura, con el paso dolido, apenas vertical, distante.
Igual que su rancho.
Mientras se acercaba, el tiempo transcurría mojando sus pies en el bañado aquél, despreocupado.
Don Luna tenía las manos desmayadas al costado del cuerpo, resignadas.
Caminaba con lentitud con el cansancio harapiento sobre los hombros, y en el cielo una tormenta inminente desplegando sus metales amenazantes.
- Esto va a estar bueno- pensó y apuró un poco su paso dolorido.
La lluvia cayó al principio como perezosa mientras el viejo abría la puerta del rancho, y después francamente decidida sobre la tierra caliente. Las aves se alegraron y abrieron las alas. Después, el sol  suspiró, detrás de un silencio algodonoso, dejando caer lentamente los brazos.
Tal vez nunca nadie más que Luna, recorrió  el camino sinuoso hasta la vieja tapera que se mantiene en pie por obra y gracia de las enredaderas.
Poca gente habla con el viejo Luna, su vida entera es un olvido polvoriento que lo adentra en un no ser apolillado, arcaico y deslucido.
Tiene entre sus pertenencias los huesos roídos por los abandonos y las malas artes de curar a los pobres.
Hace años que a orillas del río, amigo voraz de los pescadores,  en esa dimensión estática, se refugia con su soledad.
Cada noche es igual a la otra y cada día la imagen especular del día anterior.
En algún momento inesperado, alguna garza corta el horizonte, entre las nubes rojizas como metal líquido,  con su pico puntudo, y el blanco resplandor de su plumaje.
Las últimas gotas cayeron cerca de la medianoche.
Las horas pasaron como un tren fantasma sin prisa alguna, sin destino.
Los perros ladraron hasta el amanecer su desconcierto, no eran ajenos al olor a muerte que traía la correntada.
Don Luna, antes de terminar la lluvia, ya dormía soñando  su juventud. Los viejos días de la fábrica de Campana, la familia que supo construir un día sobre los andamios de tantas obras. Alejó de sí los recuerdos  y los convirtió en palomas… Se fueron volando hacia el sur, bordeando el Gualeyán, llegaron a los viejos hornos de ladrillos…
El era un hijo de inmigrantes sin origen, arrebatados por alguna guerra ignota. Huérfano de toda madre, sólo una hoja marchita, sin alas ni vientos que la guíen.
A veces se quedaba mirando el horizonte, enmudecido,  esperando llegar los teros. Otras era una simple y desafinada flauta ganada por el viento de los locos, el viento del norte.
Miles de años pesaban en su espalda como bolsas de cemento y de amargura. Todos los reumas de la historia se desvanecían y revivían en sus manos.
Aquella madrugada los perros ladraban a los vientos.
- Si Mandinga los oyera…-pensó. Un aullido agudo le avisó que la Parca andaba cerca…
Cuando amaneció las aves blancas de la costa llegaron a la orilla.
Sus voces se oían desde lejos. Encontraron alimento suficiente después de la lluvia. Las campánulas azules y blancas se abrieron sobre el viejo rancho.
Alguna nutria se zambulló ruidosamente en el río.
Don Luna se había ido temprano a trabajar, le dijeron de una nueva obra en Seibas. Es más que seguro que para allá se fue.
-Pagan bien.- Pensó para él.- No voy a llevar nada.
Dejó los huesos enfermos y su piel marchita sobre la vieja y enclenque cama oxidada, y  se fue con su figura bien erguida, no le dolían las manos.
Atravesó el horizonte como las garzas, fulgurante. Y subió los andamios luminosos hacia el cielo, sin casco y sin arnés, como siempre.                                    
                                                                                                                   Minesdu
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Precioso cuento de la poetisa de la familia (porque también escribe poesías): María Inés Dumucet. Espero que les guste.  Dejen sus criticas constructivas. :-D

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